Monthly Archives: January 2014

De Putin a poutine

¡Ya ha llegado! ¡Ya ha llegado! El invierno ya está aquí. Aún no he visto caminantes blancos, pero estoy seguro de que no tardarán en llegar. Tras una semana que los canadienses definirían como “ola de calor”, ha vuelto el frío polar. No he oído nada de vórtice ártico, pero apostaría a que muy lejos no anda. ¡Hoy hemos superado los -20 ºC! Pero no me preocupa, ya que el cutis que voy a tener después de que pase esta maravillosa estación va a ser envidiable. En todo caso, si la cosa se pone peor, siempre nos quedarán las interminables madrigueras de topo, o en inglés the path,  que atraviesan el centro de la ciudad. ¡Qué pena no tener una que saliera directamente desde mi piso a la oficina!

De cualquier modo, el ser humano tiene un instinto de supervivencia muy desarrollado, o eso dicen. En mi caso, para enfrentarme al frío engaño al cerebro de una manera pseudoracional. Por ejemplo,  al salir de la estación de St. Andrews para ir a la oficina, en cuanto subo un par de escalones y la gélida brisa matinal me da la bienvenida, lo primero que veo es un reloj-termómetro digital. Mi sorpresa es mayúscula cuando aparece la temperatura y ante mí hay escrito un enorme 25º en rojo. En ese momento, mi cerebro manda una señal a todo mi cuerpo, protegido por capas y capas de ropa, indicándole que disfrute de esta cálida anomalía. Sin embargo, mi ilusión se trastoca cuando la pantalla vuelve a cambiar y aparece un enorme -4º. ¡Mi gozo en un pozo! Al menos, este ejemplo siempre es mejor que cuando ves -3º y, en realidad, son -20 ºC. Pues eso, que el ser humano se inventa triquiñuelas para autoconsolarse.

Esto no sólo me pasa cuando me atrevo a caminar por la calle, sino que también cuando voy a tomar un café. Al lado del trabajo hay una cafetería de la franquicia Tim Hortons (la verdad es que Toronto está plagado), en donde siempre pido mi chute de cafeína en forma de un americano, o black coffee como lo llaman aquí. Pues eso, cuando entro allí, siempre me siento en unos butacones muy confortables que rodean una chimenea eléctrica, que no desprende ningún tipo de calor. ¿Por qué lo hago? Pues otra vez, porque prefiero autoengañarme y pensar que estoy acurrucado junto al fuego. Esto también lo hago cuando ando por Yonge Street o cruzo Dundas square y me dejo deslumbrar por toda la luz que emiten los carteles, tiendas y pantallas que hay por doquier. Debe de ser que tanto brillo me hace recordar el crepitar de las llamas

En todo caso, lo que no se puede hacer es resignarse y rendirse ante el frío. Por ello, es conveniente buscarse actividades por las tardes que ayuden a evadirse. Como quería algo que me borrara la nieve y el frío de la cabeza, se me ocurrió apuntarme a un curso de idiomas en la Universidad de Toronto. Como quería algo paradisíaco y con connotaciones más cálidas, me decanté por el ruso. Al menos, en alguna parte de Rusia hará más calor que en Canadá. O quizás, en Azerbaiyán o Kazakstán. En realidad, no quería perder los pocos conocimientos que tenía de este idioma eslavo. Además, aún tengo presente mi meta de acabar leyendo a Tólstoi o Dostoyevski en ruso, aunque, probablemente, me lleve unos cuantos años alcanzar ese objetivo. De cualquier manera, por algún sitio hay que empezar.

La clase de ruso no decepcionó. No es que aprendiera mucho nuevo, pero me sentía contento de volver a escuchar esos sonidos ya medio olvidados. Estuve dos horas con otras 10 personas más en el aula, entre las que destacó por sus exquisitos modales la china que estaba sentada junto a mí. Sí, ¡he querido ser irónico! Sé que cuando se pertenece a otra cultura, los valores y las formas difieren de los propios. No obstante, nunca me dejará de sorprender que una persona se ponga a comer en clase, a las 18.30, que se eche una siesta, literalmente, con la cabeza sobre la mesa. Que responda al profesor a deshora con un tono chillón, que bien te podría reventar los tímpanos. Que se burle de tu pronunciación de la “g” en ruso, cuando su acento era francamente cuestionable. Pues sí, un encanto de chica . Por ello, he tenido la fortuna, o más bien desventura, de escoger el sitio que está a su lado. Ya iré viendo cómo se comporta en las próximas clases, aunque de mí siempre recibirá una sonrisa, hipócrita o no, pero una sonrisa.

Lo bueno de las casualidades es que no te dejan de sorprender. Me vine a Canadá a trabajar y acabo estudiando la lengua de Putin. Y justo el día de antes, me como una especialidad canadiense que se llama poutine. Estas palabras homófonas (y no porque sean palabras que suenan a gay, ¡Putin no lo quiera!) vinieron a mí, casualmente, en un espacio de tiempo relativamente corto. El domingo me deleité con un buen plato de poutine, guarrada máxima compuesta de patatas fritas con queso en grano y gravy (salsa de carne). Como diríamos en Asturias, o al menos en la comarca de Avilés, no me dio más. No sé si sería por la calidad del plato o por su falta de sustancia. En todo caso, supongo que repetiré, pero mis expectativas ya no serán tan altas. Y, por su lado, el lunes comencé las clases de ruso. ¿Casualidad o premeditación? Me imagino que un poco de ambas, pero sigo sorprendiéndome con lo curioso que es el destino.

Cervezas, pasadizos y vueltas por la nieve

Después de una semana en Canadá, se puede decir que ya impera cierta estabilidad en mi día a día. Me explico. Ya he cruzado esa línea imaginaria, pero tangible, de la primera vez en muchos aspectos de mi nueva vida. Tras diez días, ya conozco el centro de la ciudad, ya sé dónde comprar, ya he aprendido cómo poner la lavadora y la secadora, etc. En definitiva, ya me ubico en un lugar y, por ende, ya no me siento tan perdido como lo estaba al principio. Es reconfortarte caminar por las calles de Toronto y darte cuenta de que ya eres capaz de reconocer distintos lugares. De que lo que antes era desconocido ahora se torna en familiar. Pero, al mismo tiempo, todo presenta todavía una pizca de novedad que hace imposible que te aburras. De hecho, estás entusiasmado con probar cosas nuevas y conocer más y más sitios, como una cafetería en la que sentarte a charlar, un parque nevado con ardillas saltando de árbol en árbol o un bar en el que evadirte.

Toronto es una ciudad que ofrece muchas actividades de ocio. Sin embargo, no siempre apetece salir de casa, ya que hay que luchar con ahínco contra un enemigo letal: el frío. Posiblemente, mis temores sobre las bajas temperaturas canadienses eran infundados, porque tampoco me parece que sea algo insoportable. En todo caso, reconozco que no apetece mucho deambular por la ciudad azotado por gélidas ráfagas de viento cuando puedes estar resguardado en casa al calor. Ésta sería la solución más fácil, pero, a la larga, se volvería contra mí, ya que pasarían los meses y me habría acabado percatando de que había desaprovechado el tiempo mirando a las blancas paredes del piso. Por ello, me gusta huir de la resignación y salir a descubrir mi nueva ciudad, incluso si el frío parece que nunca te va a abandonar.

Aunque ya llevo más de una semana aquí, se puede afirmar que el pasado fue mi primer fin de semana. El anterior fue un puro descontrol, entre la llegada, el jet lag, el piso y las primeras impresiones y reacciones. Por lo tanto, desde el viernes he podido disfrutar de lo que Toronto tenía para ofrecerme y la verdad es que no me ha decepcionado. Más bien, todo lo contrario, ya que he descubierto rincones escondidos de la ciudad que me han animado a querer conocer aún más. Por supuesto, todos estos nuevos descubrimientos han venido acompañados de largos paseos por las aceras heladas, y aderezados de cervezas, copas y especialidades canadienses. Si es que tengo que ser honesto. Necesitaba desesperadamente salir de fiesta. Quizás, no desesperadamente, pero tenía muchas ganas. Es que no sé por qué, pero cuando estás es un bar, aunque sea un tugurio oscuro con los baños tan acogedores como una madriguera de topo, las cosas adquieren una perspectiva diferente o, a lo mejor, múltiples perspectivas. Probablemente es el alcohol, o el ambiente del lugar. No lo sé, pero deduzco que para mi salud mental es muy sano y necesario salir asiduamente de fiesta, aunque sea a tomar un par de cervezas. Y es ahí justamente donde comienza la historia de mi primer fin de semana real en Toronto. En un bar canadiense a las 18.30 para tomar chupitos de whisky (o güisqui, para los puristas) y acabar en casa de un amigo de una amiga de un amigo (¡Qué lío!) tomando algo. Dicen que cuando las salidas no las planeas, son mucho mejores. Debe de ser el factor sorpresa. El viernes no fue una excepción.

El fin de semana no sólo quedó en una noche de fiesta, sino que también estuvo cargado de momentos anecdóticos como fue ir a comprar el móvil el sábado por la mañana. No sé si debería dedicar un post a esta experiencia, ya que fue bastante curiosa. En todo caso, sólo decir que comprar un teléfono o instalar Internet en casa puede convertirse en toda una aventura. Más allá de los líos comerciales, el sábado continúo con una cena en una renombrada hamburguesería de la calle Queen West, zona, a mi parecer, alternativa con toques de moderneo/postureo. De cualquier forma, el ambiente del barrio era bastante interesante y la hamburguesa que me pedí estaba riquísima. La verdad es que no hay nada más yanki que comerse una buena hamburguesa con todos sus complementos. Me imagino que será la primera de muchas más, aunque espero no pasarme. Para ello, ya tengo un plan de acción. Me he provisto de tarteras suficientes como para montar una empresa de catering. Así que durante la semana comida casera y los fines de semana, caeré en la tentación.

Tras calmar nuestro apetito, fuimos a un bar de Queen a refrescar el gaznate con unas jarras de cerveza. Francamente, el sitio tenía buena pinta. Luz tenue, decoración vintage, mucha gente (que siempre te indica que está bien), etc. Sin embargo, lo que más me llamó la atención del local fueron los aseos. O quizás, para ser más exactos, el periplo que había que recorrer hasta llegar. Tras la barra del bar y las últimas mesas, llegabas a la cocina, la cual había que cruzar, literalmente; lo que es “realmente” higiénico. Una vez allí, había que bajar una escalera estrecha que te conducía a un angosto pasadizo, cuyos suelos estaban decorados con teselas de colores, semejando obras de Gaudí. La verdad es que me sentía cual Dorothy siguiendo baldosas amarillas, aunque mi meta no era la Ciudad Esmeralda, sino un baño pintarrajeado de grafitis. En definitiva, un antro. No obstante, debo reconocer que, a excepció del aseo, el bar tenía su encanto.

Por último, el domingo ya fue un día más tranquilo. Nos dispusimos a llevar a cabo una actividad dominguera extrañamente globalizada. No, no es lo que os pensáis. No fuimos a tomar el brunch (o almorzar, para los puristas), sino que fuimos a una especie de rastro. Cuando estás solo en una ciudad, alejado de la mayoría de amigos y familiares, a menudo piensas que a tal o cual persona le encantaría visitar tal y cual sitio. Y casualmente eso me pasó el domingo en Kensington market. Ya fuera en la cafetería en la que nos refugiamos para protegernos del frío y de la nieve, o ya fuera en las tiendas que configuraban el par de calles que constituyen este pequeño rastro torontoniano, se me venía a la cabeza mi hermana y en lo que le iba a gustar ese lugar. Quizás, este pensamiento se debía a que había hablado con ella unas horas antes y aún tenía grabada su efusividad en mi memoria. De cualquier manera, estoy seguro de que Kensington market le encantaría, aunque, probablemente, el sitio sea mucho más bonito en primavera que ahora.

Tras el paseo en la nieve, la comida, la sobremesa y, de nuevo, otra caminata, nos fuimos a casa. Era hora de ir descansar, limpiar, hacer la colada y mentalizarse para el día siguiente, en el que, probablemente, tendré que volver a saltar varios charcos con nombre propio: Impresora HP Laserjet. Al menos, me queda la ilusión de saber que aún me queda mucho más de Toronto por descubrir. ¡Aunque no sé si podré esperar hasta el viernes para hacerlo!

Saltando charcos

La vida desde cero en un nuevo país no es para nada sencilla. Al menos, al principio, ya que tienes que lidiar con un sinfín de tareas. Encontrar casa, limpiarla, decorarla, comprar comida y otros enseres, ir al banco, sacar dinero, apuntarte al gimnasio o a la biblioteca, etc. Tan sólo son algunas de las actividades a las que debes enfrentarte en un corto lapso de tiempo. Eso si te apetece tener cierta estabilidad desde el principio. Yo no es que sea muy maniático, pero, digámoslo así, me gusta ser previsor. Además, estos quehaceres de índole personal no suponen ningún esfuerzo, hasta que no los compartes con los propios del trabajo. Y es que así es, una vez que empiezas a trabajar tu vida se ve trastocada por completo. O eso es lo que me ha pasado a mí desde el lunes pasado, cuando puse mis pies por primera vez en la oficina.

Mi puesto oficial en mi nuevo trabajo es el de asistente de analista comercial, que suena menos pretencioso que la traducción al inglés: Trade Analyst Assistant. Además, de todas las áreas que podía abarcar dentro de mi posición, me ha tocado o he elegido, según se mire, el departamento de vinos. ¡Que sí!¡Que estoy de acuerdo con que me pega bastante! Si no fuera así, habría buscado algo más ameno, como puede ser la inversión (irónico). No obstante, no es cierto que sólo me dedique al tema comercial o de promoción (vocablo que ha cobrado un nuevo significado para mí tras haberlo oído más de veinte mil veces), sino que también tengo otras responsabilidades, entre las que se encuentra el ocuparme de los sistemas informáticos de las oficinas de Toronto y de Ottawa. Tampoco estoy muy seguro de si, también esta vez, tuve yo algo que ver con la elección de un perfil de tecnologías de la información, o por el contrario, me tocó por puro azar y casualidad. Supongo que será por una mezcla entre suerte y preferencia o, quizás, porque me vieron entusiasmado con adquirir más responsabilidad. De cualquier modo, ésta es mi realidad. Soy como Clark Kent y Superman, o pensándolo mejor, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, ya que no me siento para nada un superhéroe. Ojalá tuviera poderes sobrenaturales, así mi vida sería mucho más fácil en el trabajo, o al menos, mucho más sosegada.

Si es que me quejo de vicio. Mi carga de trabajo no es para nada abrumadora. Lo que pasa es que aún no le tengo pillado el punto. Además, la combinación de mis dos funciones me desborda por momentos, sobre todo, en lo que a informática se refiere. Pero, bueno, poco a poco parece que me las puedo ir apañando, aunque sea con algo de ayuda. En todo caso, no puedo evitar esbozar una sonrisa cuando pienso en ese momento tan placentero de la mañana, en el que acabas de llegar a la oficina, te sirves un café, te acomodas y te pones a comprobar tu correo. Estás tan a gusto sin apenas nada que hacer. Sólo tienes que ponerte al día, revisar las tareas pendientes y… De repente, tu paz y tranquilidad desaparecen. Has recibido un correo electrónico. Lo abres y lees un mensaje críptico que dice: “Se me ha caído el móvil a un charco. Ven enseguida.”

Sudores fríos recorren tu espalda y empiezas a notar cómo te tiemblan las piernas. Temes lo peor y sólo se te vienen a la cabeza pensamientos absurdos. Es que te parece imposible que haya podido caer un móvil en un charco si hace tanto frío que están todos congelados. Sin embargo, te armas de valor y vas a ver qué ha pasado. Pues sí, imposible pero cierto, el móvil se había mojado y estaba para tirar. De pronto, ante tu perplejidad, oyes pronunciar la frase lapidaria: “Soluciónamelo ya.” Das un respingo y te pones lívido como la nieve que ves caer a través de la ventana. Remueves toda la oficina de arriba a abajo sin encontrar un móvil operativo, preguntas a tus compañeros de trabajo y, al parecer, consigues que alguien traiga uno al día siguiente. Informas de la buena noticia y respiras aliviado.

Sin embargo, tu felicidad no dura mucho tiempo, ya que al día siguiente el móvil de sustitución resulta ser incompatible con la tarjeta SIM del móvil encharcado, así que te mandan ir a comprar uno nuevo. Tras perderte y encontrarte, preguntar, dudar e, incluso, regatear, vuelves a la oficina con las manos vacías. Pero justamente en el instante en que has perdido toda esperanza es cuando alguien te dice por la espalda: “¿Un móvil? Yo tengo uno en mi mesa. No me acordaba…” En ese momento, experimentas sentimientos de alegría y desconcierto, paz y violencia, pero acabas sonriendo y agradeciendo la ayuda ofrecida. Una vez que tienes el nuevo aparato en tus manos, compruebas su compatibilidad y esta vez, aparentemente, sí que funciona. Lo entregas contento y, por fin, te desentiendes del asunto del móvil y el charco.

Pues eso, que la vida en un nuevo país no es sencilla. Además del día a día, a veces te toca lidiar con problemas imprevistos que te parecen surrealistas, pero ya lo dicen los franceses, o siendo más políticamente correcto, los francófonos: “C’est la vie !“, así que sólo me queda resignarme, disfrutar de lo bueno y estar preparado para cuando se cierna sobre mí una nueva tormenta y las calles se llenen de charcos. Antes de venirme a Toronto, y debido a las noticias poco alentadoras en relación con la ola de frío que asolaba la ciudad, pensaba que el único charco que saltaría en un tiempo sería el Atlántico, que los de la ciudad estarían congelados. Se ve que me equivocaba, puesto que, inesperadamente, ya me ha tocado saltar otro. ¡Me alegro de que esta vez no me haya mojado!

El diario de Ana Frank, la lámpara de Aladdín y el chicle de fresa

Al viajar es mejor ir ligero de equipaje. O al menos, eso es lo que dice el dicho. Y exactamente es lo que me propuse antes de coger el avión hacia Toronto. Sin embargo, uno puede fácilmente subestimar aquello que desea llevarse consigo para un periodo amplio de tiempo, como es mi estancia en Canadá. Después de plantearme la idea remota de que mi ropa se multiplicaba al entrar en contacto con el agua cual gremlin, tuve que lidiar con el gran dilema al que todos (y también, todas) nos hemos enfrentado alguna vez: ¿Qué me llevo y qué me dejo?

Aunque parezca una nimiedad, en el fondo, es una ardua decisión, que debe ser bien meditada. Tras haber visto, leído y escuchado las noticias sobre el vórtice ártico que asolaba el norte de EE. UU. (de Canadá apenas se hablaba, con la excepción de la bucólica imagen de las Cataratas del Niágara congeladas), el planteamiento más racional era el de cargar la maleta de ropa de invierno. La verdad es que no resultaba un problema, dado que mis padres me habían provisto, de forma algo exagerada, de todo lo que pudiera necesitar. Pues, ahí estaba yo. En la tesitura de decidir qué formaría parte de mi armario canadiense y qué se quedaría cogiendo polvo en un triste cajón en Madrid. Así pues, llegado el momento, y sobre todo esperando que me entrara lo suficiente en la maleta y que ésta no superara el límite de peso, me tocó tomar una dolorosa decisión: desprenderme de prendas a las que les tenía cariño. Es curioso cómo se puede tener afecto a un jersey o una chaqueta. No obstante, uno de mis propósitos de este año es dejar aquello que me lastre atrás y tomar una actitud más positiva hacia la vida. No es que una camiseta o suéter vayan a implicar un cambio radical, pero por algún lado hay que empezar.

Al final, la maleta se acabó llenando y llenando, hasta que ya no cabía un alfiler. La cerré y recé (en un sentido no religioso) para que, en el aeropuerto, no pesara más del límite permitido. Todos mis temores se desvanecieron cuando el personal de tierra de Lufthansa facturó mi maleta sin apenas importarle cómo era ni cuánto pesaba. Tras disfrutar de un viaje con escala sin preocuparme por ella, en Toronto su carga volvió a afligirme. Lo digo en un sentido literal, ya que parecía como si fuera Atlas con el mundo sobre mis espaldas. Quizás estoy siendo exagerado, pero pesaba un quintal. Del aeropuerto a casa en taxi, y tras hacerme con las llaves, al fin, abrí la puerta del que sería mi nuevo hogar durante una larga temporada.

Francamente, lo primero que pensé fue que tenía muchas cosas. Acto seguido, lo mucho que tendría que limpiar, ordenar y redecorar. Como en ese momento no era persona, preferí acostarme y dejar para el día siguiente el oportuno lema de la Real Academia Española: “Limpia, fija y da esplendor”. Tras la noche, y superado el jet lag, me puse manos a la obra. Es interesante alquilar el piso del becario que sustituyes, que a su vez había remplazado a otro, y así sucesivamente. Interesante porque en el transcurso de los años se van acumulando objetos que te permiten elucubrar sobre la vida que pasaron en ese apartamento.

Debo reconocer que estoy muy agradecido al becario anterior, porque me ha dejado un sinfín de productos que no he tenido que comprar, desde comida hasta cremas faciales. No obstante, también el piso me ha provisto de enseres y objetos cuya utilidad es cuestionable. Me refiero a cosas que dibujan mi nuevo hábitat, pero que no sé realmente qué hacer con ellas. Desde unos patines sobre hielo del 41, cuando calzo 43, pasando por una lámpara de Aladdín de plástico o un póster gigante de Angry Birds. No es que el pequeño bazar chino que es mi casa esté sólo lleno de trastos, también esconde gratas sorpresas. Por ejemplo, la versión en inglés de “El diario de Ana Frank”, propiedad de una Biblioteca pública de Alcobendas. Libro que no me he leído y que me hace ilusión leerlo y que, ahora, gracias a la casualidad, podré hacerlo. También hay otras sorpresas curiosas como es el jabón para lavar los platos. Huele a chicle de fresa Boomer, así que os podréis imaginar lo nostálgico que me pongo cada vez que lo utilizo.

En conclusión, que me vine con poca cosa e hice bien, ya que la casa parece más un todo a 100 que un apartamento. En todo caso, lamento no haber sabido de antemano de todo lo que iba a disponer, ya que habría hecho hueco para cosas que me esperan aletargadas en Madrid. ¡Ay, zapatillas de andar por casa, cómo os echo de menos!

El número 13

La vida es una serie de elecciones. Unas pueden ser acertadas y otras, por el contrario, ser un craso error. En todo caso, nunca se está del todo seguro de cuáles te llevarán a buen puerto y cuáles te harán navegar un poco más o, quizás, naufragar. Desde este planteamiento todo parece sencillo, el hombre (y la mujer, para que nadie se sienta excluido) tiene ante sí mismo la posibilidad de marcar su propio destino. Sin embargo, muchas veces tememos reconocer la importancia que tiene la suerte en las decisiones que tomamos. Ya reflexionaba Woody Allen sobre todo esto en Match Point. Si la pelota de tenis golpea en la red, por una fracción de segundo no sabes si vas a perder o ganar. Y así es la vida, una sucesión de elecciones que no sabes por dónde te van a llevar.

Tras esta breve consideración en voz alta, quiero compartir una serie de casualidades que me ocurrieron en el día de ayer. El 10 de enero de 2014 será, sin duda, un día memorable en mi vida. Al menos, a corto plazo, ya que no puedo aún discernir la transcendencia de esta fecha sin conocer las repercusiones de mis actos venideros. Me explico. Ayer, 10 de enero, comenzó el que podría ser el año de mi vida, o la experiencia de mi vida, o la etiqueta que prefiráis. Ayer, hice una elección. Monté a un avión (aunque para ser lo más técnico posible, fueron dos, pero es un dato irrelevante) con rumbo a Toronto.  Era una decisión meditada, estudiada y esperada por verse cumplida. Por lo tanto, no me supuso ningún trauma abandonar mi país y embarcarme en esta nueva aventura. Los viajes cansan y los trámites aeroportuarios agotan. No obstante, las ganas de llegar a tu nueva vida, de ver lo que te espera son siempre más fuertes.

Durante todo el trayecto, ocurrieron un montón de absurdos momentos que me encantará ir explicando línea tras línea, café tras café, cerveza tras cerveza… Pero el que me ocupa hoy es el relacionado con el número 13. Siempre me he considerado una persona bastante supersticiosa. No sé si se debe al haber crecido en un pueblo, a mi paletismo intelectual o a la falta de referencias divinas que necesitan ser suplidas por la cultura pagana y popular. De cualquier modo, las supersticiones son intrínsecas a una sociedad y conforman su propia idiosincrasia. Por ello, quiera o no, me afectan y son inherentes a mí. Al montar en el avión de Madrid a Fráncfort, en donde hicimos la escala para Toronto, nos tocó sentarnos en la fila 14. En realidad, no me había quedado del todo claro si habíamos sido nosotros quienes habíamos seleccionado el asiento o habían sido los de la agencia de viajes, pero en ese momento me daba un poco igual. Al acercarnos a la fila asignada, me percaté de que los asientos pasaban de la fila 12 directamente a la 14, saltándose deliberadamente la fila 13. Me pareció curioso que se optara por eliminar la cifra y se continuara la numeración con normalidad. Pensaba que las empresas serias no tomarían en consideración una absurda superstición, pero me equivocaba. Se ve que a los pasajeros les podría resultar de mal agüero volar  en un lugar con tanta carga cósmica negativa. En todo caso, como soy una persona supersticiosa, lo puedo llegar a entender, por lo que, al final, nos sentamos en la fila décimo tercera del avión, aunque hubiera un número 14 sobre mí, y emprendimos el vuelo.

Todo podría haber acabado ahí y haberse convertido en una anécdota sin más. Pero, al parecer, me volvía a equivocar. Tras perder mi tiempo, paciencia y alegría en el aeropuerto de Toronto, pudimos salir, coger un taxi y dirigirnos a la gran urbe canadiense. La oscuridad, el frío y la nieve no eran la mejor tarjeta de bienvenida, pero ver el skyline de Toronto iluminado con la CN tower imponiéndose por encima del resto de edificios es un espectáculo digno de ver. Una vez en el edificio en donde residiré los próximos meses, y tras haber firmado el contrato y recogido las llaves, nos dispusimos a subir a nuestros respectivos apartamentos. Y fue entonces, cuando el azar y la casualidad se volvieron a cruzar en mi camino, justamente en el ascensor. Como no suelo frecuentar edificios de treinta plantas todos los días, nunca me había parado a pensar en su numeración. Pero, al parecer, los encargados del inmueble sí que son supersticiosos y prefirieron no arriesgarse y saltarse una planta entera, de la 12 a la 14. Curioso, pero cierto. El temor a ser víctimas de la mala suerte resulta ser una preocupación constante en ambas orillas del Atlántico. Quizás, valiese la pena realizar un estudio sociológico.

En suma, el azar está ahí y no se puede negar. Quien quiera tentar a la suerte que lo haga, a mí, por ahora, me va muy bien con mis supersticiones y cuentos. Espero que todo siga yendo igual de bien en el nuevo trabajo el próximo lunes 13.